Pero algunas cosas no me cuadran
Desde que sospeché que podía ser autista hasta que me re-conocí como autista pasaron unos dos años.
Dos años en los que investigué a fondo (¡cual autista con su tema de interés profundo!) si realmente este era mi perfil neurodivergente, o quizás me estaba autosugestionando y estaba interpretando como señales cosas que quizás no lo eran.
Con 40 años ya estaba cansada de buscar qué era lo que me pasaba y de que me pusieran etiquetas que, o bien estaban equivocadas, o a mí no me acababan de encajar.
O eran otra posible explicación más que yo seguía sintiendo un poco metida con calzador.
Llegar de adultas al diagnóstico de autismo puede significar haber pasado toda una vida narrándonos desde unos ojos empañados por la mirada neurotípica.
Cuando empezamos a sospechar que podemos ser autistas, tenemos ya incrustadas en la cara esas gafas del sistema neurotípico que ha juzgado nuestros rasgos y comportamientos autistas desde un prisma moral:
Eres tiquismiquis, nada te parece bien, es que no te adaptas, eres antisocial, o tienes fobia social, tienes un carácter de mierda, eres arrogante, borde, creída, exagerada, demasiado sensible, vaga, desobediente, y un largo etcétera.
Por qué puede ser difícil reconocerte como autista
Un diagnóstico de autismo (o de otras neurodivergencias) siendo adultas nos obliga a preguntarnos de nuevo quiénes somos.
Nos invita a responder a esta pregunta ya sin esas gafas morales, lo que para muchas de nosotras no es tan fácil en un primer momento.
Es difícil, al principio de nuestro camino de identificación, reconocernos como autistas porque hasta hace nada el autismo tenía una mirada androcéntrica.
La imagen que tenemos de las mujeres autistas es muy reciente y aun tenemos poco modelos de mujeres autistas en las que nos podamos ver reflejadas.
Sea como sea, siguiendo esos ecos interiores que nos dicen que es posible que quizás sí que lo seamos, muchas nos informamos viendo perfiles de otras autistas en las redes sociales, o leyendo algún libro o material al respecto (que, con los conocimientos que tengo hoy en día, ya os digo que es bastante difícil saber identificar quiénes están actualizados y quiénes no, especialmente si tú no sabes mucho del tema).
O buscamos listas de rasgos y experiencias autistas para ver si nos reflejamos en ellas.
¿Sirven los test de autismo?
Buscamos en Google cuestionarios y test de autismo, para ver si los resultados nos pueden arrojar un poco de luz, si nos pueden al menos confirmar que vamos por buen camino. Y en este sentido conviene ser prudentes.
Los test de autismo pueden ser un punto de partida, pero por sí solos no nos pueden decir si somos o no autistas.
En muchas ocasiones, acabamos más confundidas, más perdidas si cabe.
En este punto, algunas nos decidimos a consultar a algún profesional del tema y, si vamos a alguien actualizado, como fue mi caso, nos confirma que tenemos todas las papeletas para serlo y que nuestra búsqueda tiene sentido.
Pero también ocurre, como desgraciadamente bien sabéis muchas, que la persona a quien consultáis no está actualizada y os invalida y os dice que no podéis ser autistas basándose en alguna de estas premisas que ya toca relegar al pasado, como que una autista no puede tener amigos, pareja o trabajo. O mirar a los ojos.
A veces, incluso si nos dicen que sí, que todo parece indicar que somos autistas, no nos lo acabamos de creer.
No porque dudemos de la profesional, sino porque llevamos 40, 50 años, los que sean, con una narrativa de nosotras mismas, de lo que somos y de nuestros problemas, que no se ajusta a lo que sabemos del autismo hasta el momento.
Y es que el autismo es un neurotipo, es decir, una manera de funcionamiento interno, y, como dice la conocida frase que se utiliza desde el colectivo autista, «hay tantos autismos como personas con autismo hay».
Esto es de las cosas que más nos cuesta entender, tanto a neurodivergentes como a neurotípicos. El autismo tiene muchas, MUCHAS caras.
¿Y si soy autista pero no me reconozco en algunas cosas que veo?
Pero volviendo al tema de vernos reflejadas en otras autistas, quizás te pase como me pasó a mí.
Sí que me reconocía en algunas características y vivencias de mujeres autistas, pero en muchas otras no.
También me reconocía en muchas características de las personas de altas capacidades y las personas con TDAH, porque es bastante frecuente tener un perfil donde haya más de una neurodivergencia o que algunos perfiles de autismo, TDAH y altas capacidades se parezcan mucho entre sí.
Cuando iba hilando más fino, lejos de aclararme, encontraba bastantes discrepancias. Sentía que muchas cosas de las que leía o veía sobre mujeres autistas no iban conmigo, que no me representaban.
Así estuve pendulando varios meses entre el convencimiento de que sí, de que tenía la suficiente evidencia como para confirmar que soy autista, y el convencimiento de que no, de que había tantas cosas que no me encajaban que no podía serlo.
Yo no tengo ni nunca tuve esa literalidad autista de la que tanto se habla que tienen la mayoría de autistas.
Y tampoco tengo una velocidad de procesamiento lenta característica algunas mentes autistas, sino más bien lo contrario: tengo una cabeza que es un bólido, hiperactiva y veloz.
Tampoco ensayo conversaciones en mi cabeza ni gestos en el espejo.
¿Pero lo hacía cuando era más joven? Pues es que no lo recuerdo.
Ah, aquí nos encontramos con otro gran escollo en el camino de identificarnos como autistas ya con una edad.
Y es que la memoria es una embustera.
Cuando miramos hacia atrás buscando esas pistas que nos delaten como niñas o jóvenes autistas, corremos el riesgo de que la mente nos devuelva el pasado alterado a su antojo.
A veces, no somos ni conscientes de qué comportamientos hemos aprendido, automatizado y nos hemos puesto como una segunda piel que sentimos (casi) nuestra.
Por ejemplo, miras a los ojos de manera natural… ¿o fue una conducta aprendida que no recuerdas haber aprendido?
Algunas mujeres autistas tienen muchas lagunas cuando miran hacia atrás en busca de respuestas. Puede ser difícil recordar qué hacíamos de manera espontánea y qué cosas fuimos aprendiendo, imitando o automatizando con el tiempo.
Por no hablar del masking que empezamos a hacer desde pequeñas o de las dificultades que algunas adultas autistas pueden tener para conectar con su cuerpo, con lo que sienten o necesitan.
Y tampoco podemos olvidar que algunas llegamos a la edad adulta después de años de sentirnos incomprendidas, juzgadas e incluso atacadas por nuestra forma de ser y de comunicarnos.
Evaluación de autismo de adulta
Cuando de adultas vamos a evaluarnos o, al menos, buscamos una primera confirmación de si nuestras sospechas de autismo tienen sentido, nos encontramos con que el acceso a la memoria es traicionero.
Contribuye también a la dificultad de nombrar qué nos pasa el hecho de que algunas de nosotras hemos aprendido a interpretar muchos de nuestros problemas a través del prisma de la ansiedad y de la depresión, que son dos de las explicaciones principales que el sistema neurotípico da a muchas de nuestras características autistas y a nuestros sufrimientos. (Y sí, no estoy diciendo que no sean una parte, al menos, de lo que nos ocurre, pero no nos están contando toda nuestra experiencia).
¿Qué te ponías nerviosa cuando había algún cambio inesperado o interrupción de tu rutina o un cambio en el estado de las cosas? Ansiedad.
¿Que eras una niña que apenas hablaba, a la que le costaba relacionarse y que no llamaba la atención? Timidez, ansiedad o fobia social.
¿Qué ahora, de mayor, sigues teniendo una ansiedad latente a pesar de habértela tratado de varias maneras? Pues es trauma (el trauma puede ser solo una parte más, pero no el todo).
¿Qué tienes no sé cuántos síntomas físicos y enfermedades? Mala suerte, o los genes, o qué se yo.
¿Qué tienes colapsos recurrentes desde joven que te dejan que no te puedes levantar ni de la cama? Depresión (cuando muchas lo que estábamos viviendo, en realidad, eran apagones, colapsos y burnout autista, que sí, en ocasiones derivaban en depresión).
Es cuando miramos a través del prisma del autismo cuando se produce la alquimia: vemos nuestras experiencias y a nosotras mismas con unos ojos nuevos.
Nos vemos ya sin esas gafas morales que nos devolvían una mirada deformada de nuestro ser.
Era autista. Siempre fui autista. Y sigo siendo autista.
Para algunas, esto supone un alivio y un cambio radical en su manera de verse a ellas mismas y de vivir la vida.
Y es que, lejos de lo que vemos que piensan muchas personas neurotípicas, que dicen que esto del autismo es una moda y que nos identificamos como autistas (u otras neurodivergencias) a través de un vídeo de TikTok o Instagram y poco más, la realidad es que a la mayoría nos cuesta bastante reconocer nuestro perfil de neurodivergencia, sobre todo si este es un perfil autista.
Por todo esto que cuento en este artículo, es necesario darnos un tiempo para aprender a nombrarnos desde quiénes somos en realidad.
Necesitamos tiempo para que nos “encaje” del todo nuestro diagnóstico. Para que esa voz de impostora de nuestra mente se calle, ya en el convencimiento de que hemos llegado a casa, a nuestra esencia, a ese yo que sigue ahí aun después de tantos años de camuflarnos.
Y, a partir de aquí, podemos darnos el permiso para ser nosotras mismas y empezar a vivir una vida más a nuestra manera, sin esforzarnos por encajar o adaptarnos a toda costa.
Sabiendo que nunca hubo nada raro, ni malo, ni roto, ni patológico en nuestra manera de ser y de estar en el mundo.
Un abrazo,
María
PD: Esta es la lista de rasgos autistas que hice en otro post. https://mariagomezpsicologia.com/la-guia-definitiva-para-saber-si-eres-una-mujer-autista/
Si después de leer este post piensas que puedes ser autista y no sabes por dónde empezar, escríbeme 😊

Hola María. Muchas gracias por escribir este artículo. Me siento muy identificada con lo que dices. Estoy en esa época de pendular de la que hablas en la que unos días estoy convencida de que soy autista y otros me digo que es una etiqueta que no va conmigo.
Y es muy cierto esto que dices que ya de mayores cargamos con un montón de etiquetas, que muchas veces solo nos han hecho alejarnos de nuestra verdadera identidad